(Reseña realizada para la web www.maumaunderground.com)

Julian Schnabel parte de nuevo de una historia real en esta, su tercera película, construyendo una vez más un triángulo en el que se entremezclan el propio personaje, su obra (ya sea plástica o literaria) y la visión del director y pintor norteamericano.
Le scaphandre et le papillon narra la historia de Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, que tras una embolia despierta al mundo paralizado de pies a cabeza, mudo y ciego de un ojo, pero completamente lúcido. Contará con su imaginación y su memoria como únicos elementos para lo que de ahí en adelante constituirá su “viaje inmóvil”, y que relatará, parpadeo a parpadeo, letra a letra, en un libro de título homónimo al de la película.
Ante este planteamiento vienen automáticamente a la memoria películas como My left foot (Jim Sheridan, 1989) o Johnny got his gun (Dalton Trumbo, 1971), aunque el estilo de Schnabel le aleja de estas películas. En un principio la acción se desarrolla bajo el punto de vista de una cámara “subjetiva”, alternada cada vez más con planos del aspecto del personaje a medida que éste se va haciendo consciente de su entorno y de sí mismo. La mayoría de estas imágenes están bañadas por una luz añeja, gastada, que (no sé si pretendido o no) refuerza ese dolor de un ojo que se convierte en la única forma de contacto con el exterior.
A pesar de esta mención del dolor no es esta una película que retrate la desesperación de un hombre cautivo en su propio cuerpo, sino una historia de tiempo y de tiempos. En primer lugar, hay una variación de la percepción y la vivencia del tiempo por parte del protagonista, que pasa de ser un hombre de éxito, con lo que esto conlleva de hombre de acción, a verse atrapado en una postración en la que el mínimo gesto es precioso.
Hay también un juego entre presente y pasado, realidad e imaginación, que se confunden, se mezclan, algo reforzado por el uso de imágenes que Schnabel recoge de otros medios, y que por lo tanto añaden nuevas dimensiones temporales. Este juego anacrónico se concreta en soluciones más o menos fáciles (a pesar de la extravagancia del resultado), como la escena en la que bailarines, niños y tullidos se cruzan por los pasillos del hospital; y otras (algo) más sutiles e interesantes, como en la que el padre de Bauby observa el reflejo de su rostro afeitado junto a una fotografía de su eternamente joven hijo. Es constante a lo largo de toda la película la presencia de estas fotografías, “que repiten mecánicamente lo que jamás podrá repetirse existencialmente” (en palabras de Barthes), afirmación ésta que se acentúa, dado el estado del protagonista.
Todo ello cristaliza en un conjunto de imágenes heterogéneas, algo erráticas (el espectador juzgará si esto es positivo o negativo), aderezado por la voz en off del protagonista, que reitera, se superpone o se mezcla con estas imágenes.
Dos apuntes finales para los nostálgicos: en primer lugar, por supuesto, el placer de contar con el legendario Max von Sidow encarnando al padre del protagonista; en segundo lugar, la recreación del que posiblemente sea el beso más famoso de la historia del cine (si no lo ha desbancado ya entre las nuevas generaciones el ósculo invertido de Spiderman).